Ahi estaba yo, jugando entre las rocas de aquel acantilado, y sabia que una misma ventana y un mismo paisaje podían ser mi peor condena. Con toda la vida por delante, más alla de todo esto, necesitaba la perspectiva, las dudas, las tormentas y la calma del futuro incierto que se avecinaba, acumulando experiencias, emociones y pequeñas anécdotas para dilatar las sobremesas carentes de bostezos. Durante aqullos tiempos empecé a degustar buenas canciones de ese grupo que me hacía vibrar, llorar, reir... y todo al mismo tiempo, un sentimiento mágico. Sin saber a quien terminaria conociendo en el refugio de cada uno de sus conciertos, acortando las distancias. A lo largo y ancho de los dias sonreia cada vez que me invadia un presentimiento positivo, agradeciendole a Dios la suerte de poder compartir mi ignorancia con las personas adecuadas. Me gustaba escuchar a los más ancianos porque recopilaba la nostalgia de sus recuerdos y la iba metiendo en este equipaje invisible, implicándome en historias ajenas que ahora van conmigo a todas partes. Así aprendí como, al parecer, por razones genéticamente desconocidas, nos emociona la idea de ir dejando huella.
Pasé los primeros años de mi vida entre autobuses de ida y vuelta, dentro de un mundo marcado por la rutina, pero era inocente, feliz y entusiasta. Salí en busca de la otra libertad y comprendí que a menudo hablaba sin conocer la magnitud de mis palabras... Cuando, sin esperarlo ni buscarlo, llega el momento en el que el mundo deja de ser entusiasmante y se transforma en un parque de atracciones, repleto de espejos que no reflejan lo que quiero ver en ellos, dejo que algunas obras se queden a medias...y sigo mi camino. De repenté, llegó el impacto de la nostalgia y el sinsentido de la ausencia, el estupor de la arrogancia y el carro pesado de las responsabilidades.
He sido una vagabunda incompleta, con mis verdades a cuestas, y la vida ha girado como una ruleta compleja y absurda, que no siempre daba vueltas a mi antojo. Algunas veces me brinda recompensas más bonitas de las que me espero, y en ocasiones (contadas pero intensas) he sabido cómo cambiarlo todo y cómo sentirme mejor, repartiendo falsas esperanzas. Yo solía correr con mi perro hasta el final de la calle, hasta que un día sus ladridos despertaron mi conciencia y nunca más supe de el. No hubo billete de vuelta. Los sábados de mi adolescencia me los pasaba junto a mis dos mejores amigas, riendonos, en casa de alguna, soñando con viajar y conocer a nuestro principe azul que ya tenia un nombre y apellido aunque era algo inalcanzable, salir de esa pequeña ciudad donde crecí y que cada vez sentia menos mia, por eso, al final la abandoné a cambio de nuevas aventuras.
Antes de poder emprender mis primeras aventuras, ya iba de ciudad en ciudad, y de concierto en concierto, desde mi habitación empapelada de posters, mientras la mayoria de adolescentes lo hacian de boca en boca, como los niños saltando de charco en charco. Llegar tarde en algunas cosas significó llegar antes de lo previsto a otras -según me declararon- pero por razones que jamás llegaremos a entender, todo en esta vida pasa justo cuando tiene que pasar.
Quiza por todo esto, estoy aqui, la misma chica rara de siempre, la misma con esas locuras tan racionales y esos sueños tan tontos pero tan bonitos, con esa emoción intacta y esas inmensas ganas de comerse al mundo, aqui y ahora, merodeando alrededor de mi ciudad buscando un pedazito de "queseyó" que me ayude a encontrar mi lugar.




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